martes, 22 de noviembre de 2011

Huidas pre-apocalipticas

Cierto es que la valentía ha sido recompensada a lo largo de la historia. Sin embargo, ser cobarde es lo mejor que le puede pasar a un ser humano en su sano juicio. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que ante una batalla perdida, el valiente es aquel que no tuvo tiempo de correr. Algunos alegarán que siempre existe la posibilidad de la victoria, sin embargo, huir garantiza, siempre, las posibilidades de éxito.

Huir de la tierra, del mar y del aire, huir de la vida, como si esta tuviera algún interés de adentrarse en el vacío de la existencia humana y hacer como que sirve para algo. Llegar a una isla desierta donde la vida ni siquiera se plantee introducirse, y subsistir sin contar con ella. Y, viéndola acercarse como por casualidad, volver al mar y escapar allí de todo: de los caballitos de mar, las sirenas y las medusas, y llegar a otro lugar. Allí donde puedas correr más que las gotas de lluvia que deciden besar el suelo, evadirte del sol y las estrellas y apenas ser rozado por la brisa. 

Y sin olvidar, nunca, nunca, que al fin y al cabo es posible que la cobardía sea una forma de valentía. Que es tan difícil quedarse y luchar como irte y renunciar a todo. Que, como alguien dijo, el valor es el resultado de un grandísimo miedo. 
Y con el miedo, a aprender se convive. Cuando ya no quedan islas en las que naufragar, es lo único que tenemos. Una luz, a la que, a ciencia cierta, aferrarse. Puede que tímida y temblorosa, y a veces tan insegura como nuestra propia alma, pero siempre está bien tener algo cierto, algo seguro e inmutable. 
Aunque este algo sea miedo.